El debut de Kristaps Porzingis con los Golden State Warriors el pasado 19 de febrero dejó una sensación agridulce en la Bahía. Tras más de un mes sin jugar, el pívot letón mostró destellos de su enorme talento y un óxido competitivo lógico. En 17 minutos anotó 12 puntos, clavó un triple lejano y protegió el aro con la intimidación que le convirtió en uno de los interiores más singulares de la liga, el primer y genuino ‘unicornio’ de la NBA. Pero aquel breve regreso escondía una amenaza invisible. Una enfermedad tan desconcertante como persistente sigue atenazando al gigante de 2,21 metros.

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