Tristemente, el futbol español sigue siendo una frase resbaladiza en boca de Joan Gaspart. “Han venido a nuestra casa a provocarnos y eso es algo que no estamos dispuestos a consentir”, dijo nada más finalizar aquel espectáculo dantesco que supuso el regreso de Luis Figo al Camp Nou. Justificaba, el entonces presidente, una serie de tropelías que el resto del país admitió como parte del folclore futbolístico, a saber: un periódico publicó un póster con la cara del portugués dentro de un billete de diez mil pesetas, las radios y televisiones anunciaban la presencia de sonómetros para medir la intensidad de la bronca, algunos tertulianos se debatían entre pitar al antiguo capitán o quemarle el restaurante, e incluso hubo padres que se atrevieron a salir en las noticias presumiendo de las ofensivas pancartas que sus hijos habían garabateado, para la ocasión, en clase de manualidades. Ni que decir tiene que una parte de la opinión pública se alineó con el intrépido análisis de Joan Gaspart: aquello que habían hecho Figo y el Madrid, fuera lo que fuese, no se podía consentir.

