El Barça no ganará esta Copa, pero la honró al máximo. No se guardó nada en el empeño de voltear el 4-0 del partido de ida, apretó hasta el último instante con lo mejor que tenía, acorraló al Atlético y remató mucho, pero se ahogó en la orilla. Honor al vencido. Los culés no pueden sentirse desilusionados, sino orgullosos de este equipo que tiene dos objetivos de más enjundia que perseguir pero demostró grandeza de espíritu al ir hasta el final por este otro. Todos apagamos la tele felices por haber visto un gran partido, cargado de interés y emoción, con ese sabor que sólo se saborea en la Copa. Fue una exhibición de Lamine, retornado al nivel que le vimos en la inolvidable semifinal ante el Inter, otra de Pedri, que manejó los hilos del juego y se vació, y un ejercicio intenso de profesionalidad y entrega de todos los participantes. Al final todos sintieron que habían protagonizado en común algo grande, y por eso se abrazaban y se reconocían mutuamente el mérito.

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