En Amberes 1920, superada la Gran Guerra, se estrenó el hockey hielo como deporte olímpico. Fue en agosto, en unos Juegos de Verano, y Canadá, dominador del medallero histórico en la especialidad (nueve oros), ganó su primer título. Cuatro años después la disciplina se incluyó en el programa de los Juegos de Invierno (Chamonix, Francia) hasta la fecha. El deporte rey de cada cita olímpica invernal posee una capacidad de fascinación inmensa por la propia naturaleza del hockey sobre afiladas cuchillas en una superficie helada: vertiginoso, espectacular, físico, impredecible, en definitiva, un juego de precisión entre gigantes dotados de armaduras que se mueven a 40 kilómetros por hora, un videojuego hecho realidad que forma parte de la memoria olímpica. En 1980, en Lake Placid, en los últimos años de la Guerra Fría, Estados Unidos, con jugadores universitarios, le ganó a la todopoderosa URSS contra pronóstico, en lo que fue considerado el Milagro sobre el Hielo. En Milán, el torneo olímpico ofrece un atractivo insuperable. Por sexta vez en la historia y 12 años después de su última aparición, los jugadores de la NHL, la competición profesional de Estados Unidos, competirán por el cetro que defiende Finlandia.

