Una corriente cada vez más ruidosa en Estados Unidos aprieta a sus deportistas cuando el escenario es global. El mensaje corre sin filtros por redes y ciertos altavoces mediáticos: si un atleta critica al país —o políticas ligadas a la inmigración y al modelo del ICE— no debería vestir la camiseta nacional. Hay quien va más lejos y pide billete de vuelta si no se ciñen a una consigna única: “Amo a Estados Unidos y me enorgullece representar a mi nación”.

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