Aunque me advirtieron de que ese 24 de marzo podía ponerme de parto, yo tenía otros planes más importantes. En realidad, el de siempre: ir a ver al RC Celta. La gente me decía que estaba loca. Que a ver si iba a romper aguas en la grada. No me importó demasiado. Estuve allí, animando como una más, y solo al salir del Abanca Balaídos tuve alguna contracción. El retoño que se iba a sumar a la familia celtista esperó hasta el día siguiente para venir al mundo. Yo tenía claro cómo se iba a llamar desde el principio: Iago. Como Iago Aspas, nuestro dios en la tierra. De esto hace ahora ocho años. Y si hubiera tenido otro lo hubiera llamado Hugo, por Hugo Mallo.

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