Lasa, Lazkano, Perurena, López Carril, Galdós, Gómez del Moral… El Kas era una factoría colectivizada, los obreros al poder; Dalmacio Langarica, su ideólogo y capataz, y José Manuel Fuente, el Tarangu, un soñador que las noches de luna llena fumaba nervioso, insomne, mirando su luz por la ventana del hotel. “Eres un lunático”, le decía Dalmacio, y le temía tanto como le respetaba a aquel escalador asturiano obstinado, terco como una mula, con estados de ánimo guiados por las fases de la luna y las mareas que le hacían ser un perrito dócil un día, un diablo incontrolable al siguiente. La luna crecía, pero aún no se había llenado aquel 24 de mayo de 1972. Aun así el Tarangu estaba poseído. Era un diablo y Eddy Merckx, que sabía por los sudores que le generaba Luis Ocaña lo complicado que era manejar a los españoles cabezotas, aún no lo sabía, y tampoco le conocía más que de oídas a ese ciclista loco que acababa de ganar la Vuelta a España.

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