No es difícil imaginar a Vladímir Korólkov regresando cada tarde a su hogar en Krasnodar (suroeste de Rusia), una vez terminado su trabajo como ingeniero eléctrico, con cierta ansiedad. En su cabeza bullía casi siempre un final artístico que estaba componiendo, y seguro que muchas veces la solución se hallaba sumamente oculta. Creó más de 400, y ganó más de 150 primeros premios con ellos. Es, sin duda, uno de los compositores más excelsos de la historia y una gloria nacional de la Unión Soviética, el país más grande del mundo, donde el ajedrez era una pasión nacional.

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