La selección femenina de balonmano tocó fondo en los Juegos Olímpicos de París, donde acabó última, y sigue inmersa en su particular, profundo y, a menudo, duro proceso de reconstrucción. El entrenador, Ambros Martín, abrió hace un año las ventanas de par en par, dio entrada a una amplia camada de jóvenes y se trató de regenerar el ambiente del vestuario. Las personas implicadas ya advirtieron de que el nuevo proyecto necesitaría mucha paciencia y tiempo de cocción para tratar de regresar a una élite que hace tiempo que quedó lejos, desde la inesperada plata mundial de 2019. De momento, el objetivo en estos tiempos de ensamblaje es enfrentarse a las mejores, someterse al estrés competitivo y, si todo va bien, avanzar.

