A Zak Brown le gusta decir que su trabajo es resolver líos ajenos. Lo verbaliza con una media sonrisa que no deja claro si habla en serio o en broma. Aterrizó en McLaren a finales de 2016, y el equipo de Woking era eso: un lío. Nada que no fuera irreparable, como se ha podido comprobar después, pero sí un conglomerado de elementos con mucho potencial, pero que no encajaban con el ADN de una marca con más historia que presente. La herencia de Ron Dennis, tan admirable como asfixiante, comenzaba a hacerse plomiza en el Technology Centre, donde hacía demasiado tiempo que no se celebraba nada.

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