Hay momentos en la vida en los que a uno le gustaría quedarse a vivir para siempre. El problema es que no se puede. Y, como no se puede —por motivos obvios— el ser humano intenta, primero, retenerlos —a través de la fotografía o del vídeo, por ejemplo—. Cuando se da cuenta de que no es lo mismo revivir aquella experiencia a través de una pantalla que haberla vivido realmente, emprende una búsqueda constante de sensaciones que le trasladen a aquel momento. Y esa búsqueda puede durar toda la vida. Intentará reproducir todos los detalles que recuerde de aquel instante, como si intuyera que hay una única fórmula para alcanzar la verdadera felicidad. Tratará de explicar con palabras todo lo que sintió, en un esfuerzo inútil de involucrar sentimentalmente a personas que no estuvieron allí. Quizás vaya un paso más lejos y convierta aquel instante en su razón vital. Sin adentrarse en materia filosófica, estará peleando por una especie de eterno retorno. ¿Cómo se sentiría si su vida fuera una repetición eterna? En algunos casos, fantásticamente bien.

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