Como era Nochevieja, iba de esmoquin; probablemente, se dirigía a alguna fiesta. Mi amiga María Martín y yo lo vimos por la calle y no nos atrevimos a decir nada porque éramos dos niñas tímidas y muy bien educadas. Pero Pili, la madre de María, le pegó un grito: “¡Caaaarlos! Y Carlos Muñoz, el 10 del Real Oviedo, el que metía goles hasta con las orejas, se dio la vuelta y se acercó. Le oímos hablar con Pili – verle no podíamos, porque mirábamos al suelo con todas nuestras fuerzas-. Ella nos delató enseguida: “No sabes cómo están contigo. ¡Qué tontas! Decidle algo, ¿no?”. Pero nosotras -que una vez habíamos llegado a dejarle una carta en el buzón de su casa mientras nuestros padres estaban de vinos- ese día no podíamos hablar de la pura emoción. “Qué pena que no llevemos algo para que se lo firmes”, dijo entonces Pili, ya desanimándose. Ahí fue cuando me armé de valor y confesé: “Bueno, yo tengo una foto”. Era lo único que había en mi bolsito: una foto de Carlos. ¿Qué más puede necesitar una niña de 10 años? Puso: “Con todo cariño, para Natalia”. Aún la guardo. Y les prometo que solo al reescribir todo esto me ha vuelto a latir el corazón como esa nochevieja donde no era capaz de escuchar mis propios pensamientos del jaleo que tenía dentro del pecho.

