España aprobó en Tbilisi un examen de carácter. En el duelo contra la anfitriona Georgia estaba a prueba la personalidad de un grupo al que le están saliendo los dientes. Y la selección mordió con la fuerza de mandíbula de quien tiene hambre por comerse el mundo. Después del paseo contra la inocente Bulgaria (114 puntos de botín) en un pabellón casi vacío, el conjunto de Scariolo multiplicaba de repente el reto. Por el ruido en contra de 8.000 espectadores y por el mayor colmillo de su rival. España respondió con juego y fe en otro paso al frente de esta nueva generación con siete novatos en una gran cita.

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