Cuando a María José y a Emilio, los médicos, les comunicaron que su hijo, Raúl Ramírez, de 19 años, estaba en muerte cerebral después del golpe que sufrió en el campo del Crucero, durante el partido entre el Revilla y el Colindres, se les vino el mundo encima, pero también conservaron la entereza suficiente como para acceder a donar sus órganos, que podrán paliar el sufrimiento de otras familias angustiadas.

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