“Está claro que España no es favorita para ganar, pero sí debemos competir. Es también el momento de aprender”. Lo dice Pau Gasol, que algo sabe de estos negociados, y resume a la perfección el momento en el que se encuentra la selección española de baloncesto. El equipo triunfante, el de las grandes estrellas, los éxitos ininterrumpidos durante dos décadas, el baloncesto tan lúdico como efectivo, el que nos sabíamos de memoria sus jugadores, el que envidiaban el resto de los países, en definitiva, el que nos hacía sentarnos delante de la televisión relajados, convencidos y orgullosos de que por lo civil o por lo militar, el final de la película era subirse a un podio, esa España ya no existe. Desapareció definitivamente hace un año, en los Juegos de Tokio, última parada de una generación irrepetible.

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