El moño modesto con el que recoge su rizada melena, emplastado por la lluvia que cae y empapa el tartán, no le tiembla ni un segundo, un una décima ni una centésima de los 47,78s que Sidney McLaughlin necesitó, flotando más que corriendo, un relámpago, para dar una vuelta completa a la pista empapada del Estadio Nacional de Tokio. Noche cerrada, temperatura fresca súbita y viento. No se le movió el moñito más que cuando nada más cruzar la línea de meta, la primera campeona del mundo, giró el cuello a la izquierda para mirar la pantalla gigante del Seiko, el cronómetro en el que aún temblaba un tiempo de 400m que comenzaba por 47s, algo que no se había visto en una pista en los últimos 40 años, y solo dos veces.

