Cuando los saltadores salen felices por cómo han competido, lucen como un trofeo de honor, una medalla, una herida de guerra, la arena negra del foso de Tokio que el sudor deja pegada a sus brazos y piernas casi tiñéndolas, y deben frotarse bien en la ducha para eliminarla, y así la sentía Jaime Guerra, de ahí, de Cornellà, y el animal que lleva dentro y que no domestica por fortuna, el lunes después de clasificarse con el último salto para su primera final mundial. Después de ganarse en la final el derecho a solo tres saltos, eliminado rápidamente con un mejor intento de 7,81m, la arena es una mancha, un recuerdo de un mal rato, un signo del que ni siquiera había podido dotarse Jordan Díaz un par de horas antes, pues en el único intento que hizo en la calificación del triple salto no llegó ni a aterrizar en la arena: en la primera batida, un dolor insufrible en el cuádriceps de su pierna derecha le obligó a abortar el despegue y a retirarse. La resaca de París deja al feliz campeón olímpico de hace un año con una temporada de un solo salto, y al atletismo español, sin la posibilidad más clara de medalla junto a la de la marchadora María Pérez, cabizbajo. El otro español en la final, el jovial siempre Lester Lescay, llueva o luzca el sol, fue octavo después de pasar a la mejor con un agónico salto de 7,97m, tan corto.

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