Era un día tranquilo, con manifestaciones pacíficas y bengalas de fondo, protestas y colorido. O eso parecía. Porque en Becerril de la Sierra, a 17,5 kilómetros de meta y antes de ascender la última montaña de la Vuelta, la Bola del Mundo, decenas de activistas en favor de Palestina y contra el genocidio israelí en la franja de Gaza, el foco en el equipo Israel-Premier Tech, ataviados con las banderas palestinas y kufiyas (el pañuelo emblemático de Oriente Próximo), decidieron sentarse en el medio de la carretera después de que pasara Mikel Landa y sus compinches de fuga (Ciccone, Bernal, Armirail y Van der Lee). “Han saltado de repente, pero me ha dado tiempo a pasar”, explicó Landa; “no sé qué habrá pasado detrás”. Y lo que pasó fue una sentada que acabó mal.

