En el asfalto, al amanecer nublado de un Tokio bochornoso, el carácter, el amor; en la pista, al anochecer, sopla el viento, una brisita que refresca mientras por los altavoces suena el Pedro, Pedro, Pedro, Pe de Raffaella Carrà, en la pista, los bólidos, las balas, el weekend de la velocidad. Un esprit que se resume en una mujer de 38 años y madre, e increíble extensión naranja en la cabeza que se aparta con cuidado al colocarse en la salida para no pisarla y tropezar al botar desde los tacos. No lo hace. Ejecuta perfecta, pero sin la frescura, la fuerza de su primor. Termina segunda en su serie (11,09s) y pasa a semifinales sin problemas. Es la gran Shelly Ann Fraser Pryce, que, con los años pasó de ser llamada el cohete de bolsillo (1,50m de estatura) a convertirse en mamá cohete, más mujer, más veloz, y en diosa ahora que se despide del atletismo en Japón, el país en el que todo empezó cuando debutó con el relevo jamaicano en el Mundial de Osaka, 2007. A partir de ahí, la luna y más allá en una carrera espacial paralela en su isla y en el mundo a la del gran Usain Bolt. Cinco oros mundiales en los 100m, más que ninguna en la historia, y dos oros olímpicos.

