No hay experiencia más reveladora de las debilidades propias y la excelencia ajena que la de un paseo una mañana nubosa de bochorno y húmeda alrededor de la pista sintética del estadio olímpico de Tokio mientras la comparten decenas de los mejores atletas del mundo que en ella quieren pisar, saltar, correr, casi bailar en sus ejercicios de técnica de tobillo y pie, y de contacto con la pista en la que pelearán, y mientras a los mortales hasta les cuesta dar un paso sin sudar, y se sienten paralíticos, ellos se mueven todos felinos y rápidos, naturales, sin apenas esfuerzo, con la elegancia de la perfección del gesto, y el ritmo. Y eso que solo calientan, se desentumecen, se quejan del jet lag o alaban las virtudes de la melatonina para derrotarlo y recuperar el buen ritmo circadiano.

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