Cualquiera hubiera puesto el grito en el cielo si tras pactar el cobro de 12 millones al año y ser presentado a los que iban a ser sus nuevos compañeros, acaba siendo ninguneado, apartado en otro hotel distinto al de la concentración que Al Nassr realizaba en Austria y finalmente viendo cómo el club árabe rompía el contrato que tanto el Feyenoord como él ya habían firmado. Sin embargo, para Hancko fue lo mejor que le podía haber pasado. Sobre todo, porque tras perder ese tren de oro que sólo pasa una vez en la vida aparecería el que tanto había deseado desde un año antes, el del Atlético. Aunque fuera para ganar seis veces menos. En su mente tienen más valor los dos kilos de sueldo que le permiten luchar por alcanzar la gloria en rojiblanco que los lujos que le habrían llevado a una Liga de segundo nivel.

