A principios de agosto, en el Atlético advertían cierto desenganche grupal en Saúl Ñíguez, retornado tras su cesión al Chelsea en busca, no ya de minutos como centrocampista, sino simplemente de que le dejaran entrenar en la que él considera su demarcación ideal. En el club apreciaban una actitud irreprochable en los entrenamientos, pero también un punto de desconfianza en lo que le podía deparar el futuro. Por su salario y por cómo se marchó, al igual que Álvaro Morata, era candidato al traspaso. Durante la concentración de pretemporada en San Rafael, ambos hicieron pareja en la mayoría de los ejercicios que lo requerían. Los dos se retroalimentaron en su necesidad de hacerse un hueco en el equipo, conscientes de que el mercado podría no facilitarles una salida que les satisficiera.

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