Apenas tenía siete años cuando mi padre apareció una noche de verano de 2008 arrastrando por el pasillo la caja enorme de un televisor de pantalla plana. En casa aún sobrevivía aquella vieja tele gris de tubo que necesitaba su tiempo para encenderse. Mi madre, resignada, pero no ajena a la crisis que azotaba el país, se llevó las manos a la cabeza. “¿¡Pero qué has hecho!?”, le gritó. Mi padre respondió con dos frases y una media sonrisa mientras buscaba miradas cómplices en mí y mi hermana: “Estaban en liquidación. Y este año hay Eurocopa, y dentro de dos, Mundial… habrá que ver bien cómo ganamos”. Aquella tele fue un capricho, pero también una ventana a algo nuevo en una casa donde reina la Fórmula 1, y no el fútbol. Algo cambió con esa pantalla brillante y la promesa de futuro que mi padre pronunció como excusa.


