Puede que la etapa tuviera 160 kilómetros, pero era llana hasta la ascensión a la estación de Limone Piemonte, Alpes italianos, verde por doquier, tropecientos aficionados en las cunetas con jersey y paraguas porque la lluvia hizo acto de presencia, 10 kilómetros con una pendiente media de 5,1%, pero rompedores los dos últimos, ya con rampas del 10%. Era la prueba del algodón de la Vuelta, la primera criba que definiría quién quiere el cetro, quién puede hacerle sombra al gran favorito, a Jonas Vingegaard, quién tiene piernas y ambición. Se postularon Ciccone, Bernal, Gaudu, Almeida, Pidcock, Ayuso, Gall, Hindley… Pero nadie pudo con el danés, que sacó aire de donde no lo había, que encontró la fuerza que pareció no tener, que se marcó un sprint tremendo, bamboleo de la bici y del cuerpo, menos de medio tubular sobre un Ciccone que se quedó con las ganas de festejar en su tierra. Pero la ley y los mandamientos, como se suponía, es cosa de Vingegaard.

Seguir leyendo

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *