Decía <strong>Monchi</strong> que la pasada temporada había sido «la más difícil» de llevar en sus <strong>más de 20 años dentro de un despacho</strong> como director deportivo. No sé si se estaba haciendo el cuerpo para lo que venía o que sinceramente tenía esa percepción. Un Sevilla que, sin los números en la mano, <strong>vivió varios meses en las alturas con el gancho</strong> (resultados cortos y bastante engañosos) hasta que todo se fue descomponiendo, sin llegar a romperse. La nota global era <strong>sobresaliente en Liga</strong>, pero sin presumir tampoco, ya que en el resto de competiciones había salido por la <strong>puerta de atrás y tropezándose</strong>, como en esas caídas que te levantas rápido y esperas que nadie haya visto por el bochorno de la misma. Esa inercia de caída sostenida, con muchos empates y poquísimas derrotas, le dio para <strong>besar la hierba del estadio del Atlético </strong>cuando se alcanzó el objetivo. Era momento de hacer <strong>borrón y cuenta nueva. No mirar hacia atrás</strong>. Sin embargo, el primer día de entrenamiento de este verano en la Ciudad deportiva, <strong>las caras en las mismas</strong>. Sólo faltaba en ese momento Diego Carlos. Y los mensajes que lanzaba el mercado eran de que los ansiados cambios en el plantel no se iban a producir. Sólo algunos. Poquitos. <strong>Que está la cosa muy tiesa</strong>. Y con el mismo jefe para todos, <strong>que si Monchi ha decidido su continuidad aquí hay poco que rechistar</strong>. Un Lopetegui con el que <strong>un puñado de jugadores han pasado de estrellas a futbolistas del montón casi sin darse cuenta</strong>. Y otros a los que la cabeza no les da para más. <strong>Les da miedo casi que competir</strong> cuando una pequeña brisa les mete polvo en los ojos. <strong>Ven su número en la tablilla del cuarto árbitro y respiran aliviados</strong>.

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