Se avecina lo bueno, lo gordo, lo más sustancioso de esta gira sobre tierra batida –el desembarco en Roland Garros a partir del próximo día 22– y a Novak Djokovic empiezan a salirle sospechosamente los colmillos. Por ahí desfila el serbio con la barbilla elevada y el rictus serio, brillante en la última faena (doble 6-2 a Stanislas Wawrinka, en 1h 14m) y empeñado en transmitir que aquello que pregonaba la semana pasada en Madrid, donde alcanzó las semifinales del torneo, no era palabrería ni mucho menos un farol. Transita Nole por el “buen camino para volver”, cada vez más afilado y más en forma, y por si alguien dudaba de quién es o hasta dónde puede llegar, ahí está su bolsa para refrescar la memoria de los amnésicos.

