“La verdadera patria es la infancia”. La frase de Rilke resuena como un eco en un mundo que parece haber olvidado su significado. Su sentido no remite solo a la nostalgia, sino a una verdad más profunda: que en esa etapa es donde se fragua el compañerismo, el sentido del asombro, la espontaneidad del juego y los lazos afectivos genuinos. La infancia debería ser tiempo sin cronómetros ni rendimientos. De ocio, no de negocio.

