Desde Auch, donde todos los años el Tour llora al encantador Nicolas Portal, los Pirineos, qué verde más absurdo entre los vapores de calor de julio recalentado, son como un blues de Billie Holiday, doloroso, hermoso, sensual, casi erógenos como se puede adivinar en la sonrisita de labios lampiños de Tadej Pogacar vendado cuando se sacude los picotazos de las avispas de los Vismas azuzados por Jonas Vingegaard, casi drones teledirigidos que a Pogacar, casi como King Kong en la cima del Empire State desafiando cuadrillas de aviación, no le hacen ni cosquillas, o, en todo caso, le causan tanta incomprensión como las tiritas rosa púrpura que crecen en las narices de sus combatientes, y si alguno, en esta tierra de rugby le contara lo que decía el gran Spanghero recordando el bloqueo de un defensa rival –menos mal que tengo buena napia, si no me habría roto la boca—seguramente la sonrisa sensual se haría carcajada, y a su eco acelera para poner las cosas en sus sitio atacando.

