El Garona nace en el Aneto y desaparece por un agujero para reaparecer en La Val d’Arán, ya camino de Francia para ensancharse en Toulouse con el Tour, humedad, calor, y una etapa acelerada e incontrolada, sin tiempo siquiera para una pausa sanitaria en la cuneta (48 de media un día sin apenas llano, 45 de media el Tour tras 1.842 kilómetros). El inclasificable noruego Jonas Abrahamsen –uno de 29 años que se rebeló hace unos años contra la anorexia obligatoria del pelotón que le hizo pesar 60 kilos, engordó hasta 80, recuperó la salud mental y el vigor físico—se impone al suizo Mauro Schmid en la fotofinish y se suma a la galería de espléndidos locos que ha descubierto este Tour, al viejo Van der Poel, el Creedence Simmons o el trasgo Ben Healy. Allí, en el bulevar Lascrosses de la capital del Midi termina el Tour de los insensatos, antes de llegar, el jueves, a la ortodoxia de los Pirineos ascendiendo Hautacam con un irlandés de amarillo y un esloveno impaciente y herido al que el pelotón respeta y espera cuando se cae.

