Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que no se podía escribir del Tour sin ser un especialista en dopaje y tener en la lista de contactos teléfonos de médicos y policías. A través de sus cotidianos escándalos, el ciclismo asumía su condición de deporte paria, trabajaba a escondidas con médicos delincuentes, ponía la otra mejilla y sobrevivía al caso Festina, a la farsa Lance Armstrong, a la Operación Puerto, a Floyd Landis, a la huida de Michael Rasmussen, a la expulsión de Vinokúrov y Riccardo Riccò, a Alberto Contador, el último ciclista desposeído de una victoria, o a los paquetes sospechosos de Bradley Wiggins…

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