La figura del árbitro de fútbol juega un papel casi filosófico en la sociedad contemporánea. Una persona, en algún momento de su vida, por las circunstancias que sean, decide dedicarse a impartir justicia en un deporte que desata pasiones. Se aprenderá el reglamento. Se preparará físicamente. Vigilará que el juego se desarrolle de acuerdo a las reglas e intentará mantener el orden ético y estético. Necesitará audacia para tomar decisiones de forma inmediata, a veces bajo el ruido ensordecedor de una alegría cuya extensión dependerá de su criterio. Todo ello lo hará rodeado de personas —pueden ser unas decenas, pueden ser miles— que tienden a pensar no solo que no sabe hacer bien su trabajo, sino que siempre se equivoca en su contra. Todas esas voces desaforadas —hoy tú de negro, mañana tu familia, se cantaba no hace tanto tiempo en los estadios españoles cuando los trencillas vestían de oscuro; todavía hoy se siguen recibiendo noticias de agresiones en categorías inferiores— consideran que lo harían mejor. Y que serían capaces de no perder detalle de todo lo que acontece en un área repleta de futbolistas en movimiento o, más difícil todavía, o que lograrían algo que la ciencia ya ha demostrado que es imposible: tener la vista fijada en dos sitios a la vez para poder decidir si hay o no hay fuera de juego.

