El atardecer de los domingos tiende a la melancolía. La hinchada futbolera puede tratar de esconderla detrás de los partidos. Antes, al disputarse prácticamente toda la jornada de forma simultánea, el ruido del estadio o el anuncio de los goles por la radio generaban una reconfortante sensación de que el ocaso de la semana aún no había llegado. Todavía quedaban cosas por vivir. Emociones por sentir. Ahora, aunque el baile de horarios atenúa esa sensación, de alguna forma se mantiene. Pero hasta la irrupción del fútbol femenino y la aparición del mundial de clubes, los años impares suponían un colosal reto emocional para el hincha, que se enfrentaba a tardes de domingo en las que un silencio abrumador y una luz esplendorosa le recordaban que algo faltaba en el ambiente. Ni Mundial de selecciones, ni torneos continentales, ni Juegos Olímpicos. Podía autoengañarse con el mercado de fichajes o ilusionarse con los partidos de pretemporada. Pero llenar el vacío de una tarde de domingo no es tarea sencilla. Especialmente cuando el cuerpo se ha acostumbrado a completarlos con emociones fuertes.

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