A veces, las apariencias engañan. Hace poco más de una semana contábamos las horas para que empezase una final que parecía a priori contar con suficientes elementos atractivos para captar nuestra atención. El papel y la ilusión previa, ya se sabe, lo soportan todo, pero luego viene la cruda realidad y pone a cada uno en su justo lugar. Donde antes de su inicio veíamos cierta igualdad, basada sobre todo en el divertido y eficaz estilo que ha impreso Pedro Martínez en el Valencia, el desarrollo de la serie no enseñó otra cosa que un dominio madridista en todos los aspectos del juego, físico, táctico y sobre todo emocional.

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