Los deportes con épica real son aquellos en los que planea la muerte o la agonía del sufrimiento extremo. Me lo advirtió una vez mi cuñado, que ha subido los doscientos tresmiles de los Pirineos, y esa idea me convenció. Sucede con el boxeo, con Jimmy Doyle muerto a golpes por los puños de Sugar Ray Robinson en la lona de Cleveland. Pasa con el ciclismo, con Tom Simpson reventando en el árido, tórrido y serpenteante Mont Ventoux. Ocurre con el maratón y la leyenda del soldado Filípides, que murió tras llegar a Atenas en un mito que todavía asusta al calzarse unas zapatillas. Incluso rodea a la Fórmula 1, con el recuerdo de aquella mirada perdida de Ayrton Senna antes de estrellarse en la curva de Tamburello. También pasa con el ajedrez y esa muerte mental llamada locura que destrozó la vida de genios como Paul Morphy o Bobby Fischer. O con la gimnasia artística y su martilleo repetitivo para modelar, como blanda arcilla, la fina carne adolescente como la de aquella pequeña comunista que no sonreía nunca y que alcanzó la terrorífica perfección en Montreal ‘76.

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