Es casi una tradición que, cuando un nuevo torneo nace, desde el entorno más próximo al Barça se tarde un minuto en despreciarlo y varios lustros en desearlo, club centenario y al mismo tiempo adolescente. Ocurrió en su día con la Copa de Europa, aquel invento desclasado de Santiago Bernabéu y los franceses para competir con la Copa de Ferias, el santo grial de las vitrinas azulgranas del siglo pasado. Para cuando quiso actualizarse y reaccionar, el máximo rival político y deportivo ya había ganado cinco, un error de cálculo que podría repetirse con el nuevo Mundial de Clubes auspiciado por la FIFA mientras desde Barcelona se insiste en catalogarlo como torneo de verano, competición sin sentido o, directamente, timo de la estampita.

