Cuatro años no son nada. Cuatro años después de los Europeos de Berlín, la imagen se repite. Álvaro Martín y Diego García marchan más que nadie. Están a cuatro kilómetros. Llevan más de una hora paseando arriba y abajo por Ludwigsstrasse, la calle principal de Múnich, entre una batucada en un extremo y una charanga chunda chunda en el otro, en la meta de la plaza del Odeón. Como entonces, como en Berlín 2018, el más fuerte es Álvaro, el extremeño de Llerena, tan serio y formal, su mirada inescrutable tras las gafas de sol, y sus padres, tan nerviosos en la acera con su paraguas rojo, porque llueve de vez en cuando y el cielo es de otoño en agosto. Poco a poco, Diego García, el madrileño de 26 años, se despega, le ve irse, se queda. Ni su mirada de gremlin aguanta, no puede ni mantenerla. Está exhausto el pupilo de José Antonio Quintana, pero pelea para no perder la medalla de bronce.

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