Pocos episodios explican mejor la consagración de Luis Enrique como demiurgo de la primera Champions en la historia del Paris Saint-Germain que su discurso en el vestuario del Parque de los Príncipes, en la primera de las noches que sintió que el proyecto se le caía de las manos. Tenía el agua al cuello. La Real Sociedad se había comido al PSG en la primera parte de la ida de los octavos de final, en febrero de 2024, y el entrenador asturiano sintió que tenía que remover la conciencia de unos futbolistas que se veían eliminados, temían perder el balón, y comenzaban a dudar de si debían o no arriesgarlo en pases rasos por los carriles centrales cuando los rivales los acosaban.

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