En una familia de Villar de Gallimazo, 200 habitantes, Castilla y secano, cereal, no da miedo soñar. El padre de Mario García Romo es albañil. Un oficio admirable. Un mago. Una persona capaz de pensar una casa y construirla con sus propias manos y su trabajo, de transformar su sueño, su idea, en algo tangible, tocable, sólido. Podrá pasear por la calle, señalarla y decir, esa casa la he hecho yo. El hijo sale a correr por el campo, y sueña, y sus sueños son castillos en el aire, en su imaginación, ilusiones: intentaba imaginarse corriendo en un estadio olímpico ante un público chillón que le aplaude emocionado. Y ganar. Y cuando llegó ese momento, cuando llegó la noche del jueves, antes de la final de Múnich, se sorprendió recordando al niño que imaginaba estar ahí. La mitad de ese sueño la ha conseguido el hijo corriendo en grandes estadios, cuarto en un Mundial, medallista de bronce en un Europeo en 1.500m, la distancia más aristocrática del programa. “Y, sí”, admite, y cuesta oírle porque el estadio, en el que se hace la entrevista, es un clamor, y un español, Manuel Guijarro, está cruzando la meta primero para clasificar al relevo español de 4x400m para la final del sábado. “Es tan importante lo que ha conseguido mi padre, saliendo de la nada, que el oro olímpico que sueño lograr yo, o más”. Para acercarse a él, Mario García Romo, de 23 años, se fue a Estados Unidos hace cinco. Eligió la universidad de Mississippi, en Oxford, no porque le diera la mejor beca de deportista, sino porque después de analizarlo todo decidió que era la que mejor grupo de medio fondo tenía, la que mejor le permitía compartir su programa de competiciones con las del calendario español. Todo pensado. Todo meditado.

