A eso del mediodía, las furgonetas empiezan a llegar a uno de los accesos principales de Roland Garros y Rafael Nadal desciende de una de ellas. Quedan unas horas para el gran homenaje y el ya exdeportista regala saludos y sonrisas por doquier, moviéndose por un terreno que conoce como la palma de su mano. Desde hace tiempo cambió de perfil, todo más moderno, líneas puras, menos clásico, pero igualmente le resulta familiar: dirigentes, personal, estancias. Tras una visita al museo subterráneo de la Federación Francesa de Tenis (FFT), él y los suyos se reunirán en torno a la mesa con la directora del torneo, Amélie Mauresmo, y el presidente federativo, Gilles Moreton. Y luego, completado ya el gran acto, se explica: tenía que ser aquí y ahora.

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