En el Giro no hay etapas banales, dice Franco Pellizotti, el director del Bahrein, que llora la caída de su Antonio Tiberi –muslo izquierdo desgarrado, golpe fuerte en la cadera izquierda–, el chaval que patina cuando la carrera, a 23 kilómetros de la meta, en la frontera con Eslovenia, entra una calle estrangulada, estrechamiento, curva, pavés, lluvia, y cae duro, y con Mads Pedersen, nada menos, y Giulio Ciccone, también, forma tal tapón que ocho novenas partes del pelotón se queda cortada detrás de ellos, tan delante marchaban. Entre ellos, unos cuantos solistas, Juan Ayuso, Primoz Roglic, Egan Bernal.

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