Empecemos por descartar hipótesis: definitivamente la carrera de futbolista no se aprende en la universidad. Tampoco la experiencia resulta imprescindible para graduarse de crack, ni el ego es tan peligroso como pensábamos. No estoy hablando de toda la comunidad futbolística, sino de alguien en concreto: el incomparable Lamine Yamal. Un jugador que hace cosas de mayores siendo un niño, que desafía la presión como si fuera un juego y que juega como si estuviera de broma.

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