Si todos recuerdan con asombro extraordinario el 23 de mayo de 1953 como la fecha de la primera ascensión al Everest, convendría recordar con idéntico o mayor estupor y regocijo el 16 de mayo de 1975. Aquel día, Junko Tabei, diminuta escaladora japonesa (1 metro y 48 centímetros) se coló en la cima del mundo, estrenando allí la presencia femenina. Para muchos, fue la segunda conquista del Everest. Las avalanchas que sufrió de camino a lo más alto, el frío o la incertidumbre de una cima sin domesticar aún, apenas erosionaron su determinación. Su pelea verdadera tuvo que ver con paredes invisibles, muros de incomprensión, torres de machismo. Los registros oficiales la señalan como una ‘ama de casa’, pero fue mucho más: fue el rompehielos que abrió de par en par las puertas de la igualdad en las montañas más elevadas de la tierra. Las fotos de la época muestran un cuerpo fibroso, un piolet demasiado grande, un ser ligero y en apariencia demasiado frágil como para soportar los rigores del viento, la hipoxia, la crueldad de las altas cimas. Su imagen remite a la de un ave quebradiza transportada por el capricho del viento a un lugar inesperado y peligroso. Pero las imágenes de hace medio siglo también la recogen sonriendo, feliz, demostrando que estaba allí porque quería, porque debía.

