En Tirana, donde las avenidas parecen hechas a medida para el rugido de los motores o de las bicicletas, el Giro de Italia vivió una jornada de precisión milimétrica y pulsaciones al límite. La capital albanesa, que sigue impregnada de la memoria comunista en sus edificios de hormigón, se vistió de gala para acoger una contrarreloj que agitó los cimientos de la clasificación general. El jefe Primoz Roglic ya está aquí. Ataviado de rosa.

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