Fabián Ruiz se elevó a medida que crecía el desafío. Es difícil ver futbolistas con un cuerpo tan grande desplazarse tantas veces por el campo en todos los planos de la acción, con tanta abnegación, soportando la fatiga y el dolor en sucesivas series de esfuerzos sordos que solo pueden explicarse desde una necesidad de altruismo. Su gol, el gol que abrió el marcador, fue un premio a ese carácter solidario que contagia a todo el Paris Saint-Germain. El sevillano lo celebró con rabia, arrodillado frente a la multitud enloquecida, como si supiera que acababa de dar un golpe decisivo. Fue el prolegómeno del desenlace de una semifinal de Champions que provocó un choque de trenes. Cayó el Arsenal, que empeñó fuera de casa el coraje que le faltó en la suya. Se impuso el equipo de Luis Enrique, que más que una revelación amenaza con transformarse en un poder hegemónico en Europa.

