En el Barcelona contratar un entrenador alemán significaba problemas con la divinidad. A Hennes Weisweiler le esperaba Cruyff, una confrontación germano-sacerdotal que terminó del lado del holandés, como casi siempre, que el título de genio no lo regalan en una zapatería. Más tarde, a Udo Lattek le aguardaba la convivencia con Maradona y el sereno avispero que le rodeaba.

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