El viento enloquece a las nubes, cúmulos, nimbos, estratos, cirros juguetones que despistan a los meteorólogos, y el pelotón, otra nube una bandada animada, también enloquece, y se rompe en abanicos, en grupúsculos nerviosos, caídas, gritos, frenazos, por las tierras altas de Huesca, desde el Barbastro del Opus y los viñedos de Somontano, el Vero y el Cinca, hasta Huesca capital, los Pirineos perfilados detrás, solo silos y torres de iglesia rompiendo la horizontalidad del paisaje, y una holandesa, reina de los vientos, delante de todas. En Holanda no hay montañas, hay viento, y las ciclistas y los ciclistas se hacen fuertes pedaleando contra el viento sobre los diques, como Femke Gerritse, de Hertogenbosch, como El Bosco, que acelera en los toboganes de Garrén para ganarle la meta volante a la venerable Marianne Vos, la compatriota que todas quieren ser, y, ayudada por su compañera en el SD Worx Anna van der Breggen, otra venerada veterana, también esprinta más rápida que Vos en la meta final.

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