Leo Messi tumbaba defensas con la misma facilidad con la que un leñador canadiense derriba pinos. Tanta superioridad tenía en el dribbling que los rivales le cogieron miedo. Reculaban, se amurallaban, rezaban. Y Messi se dedicó a bailar por las frontales acomodando la bola a su pie zurdo para, en el momento justo, buscar el palo de la portería. A Lamine Yamal ya le tienen el mismo miedo y empieza a despertar una admiración parecida.

