La de Bruno Fernandes es una historia de película, una que ni el director de cine más macabro de Hollywood se hubiera atrevido a imaginar. Protagonizada por un portero que marcaba golazos de falta con el Flamengo y que triunfaba en el fútbol brasileño, pero que terminó condenado a 22 años de cárcel. El mismo cancerbero que nunca quiso reconocer a Bruninho, fruto de su relación con Eliza Samudio, la modelo que acabó asesinada y brutalmente devorada por rottweilers. Un hijo al que quiso recuperar y que ahora juega en las inferiores de Botafogo como portero.

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