Medio siglo después, Gerardo Blázquez y Jerónimo López serían capaces de reconocer los detalles de los escenarios que pisaron en el Manaslu, desde el lugar donde emplazaron el campo base hasta las zonas de grietas y las laderas que más se cargaban de nieve, planteando siempre la misma duda: ¿se nos vendrá encima? Podrían incluso recuperar la sensación de soledad, de inmensidad, de esperanza y peligro así como la euforia incrédula de la cumbre alcanzada. No ha cambiado el Manaslu, pero sí su valor. Ya no es un lugar donde los alpinistas de vanguardia buscan una aventura. Es un destino turístico. No se trata de una deriva, sino de la lógica de la evolución de la práctica del montañismo.

