El Madrid apretó el pasado mes de febrero el botón nuclear contra los árbitros. Fue una demoledora declaración de guerra firmada por un tipo anónimo de la directiva. Florentino Pérez evitó que su nombre quedara directamente relacionado con un comunicado que hacía añicos la historia, la reputación y los valores del club blanco. Aquellos cuatro folios rezumaban crispación por el caso Negreira (un episodio que se debería resolver y sancionar cuanto antes, para que no siga manchando el nombre del arbitraje y de la competición), sin embargo, Florentino no lo mencionó directamente para no enfadar al Barça, su necesitado socio en el proyecto de la Superliga. Pérez no se atrevió contra Laporta pero sí contra un colectivo que no cuenta con ningún apoyo mediático, social ni institucional. Un estamento que no tiene quien le defienda.

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